Hace ya como 6 años el destino hizo que mis pies llegaran a un pequeño pueblo dentro de la espesura verde de los bosques que engalanan Bélgica llamado Hasselt. Un pequeño cúmulo de casas entorno a una plaza principal y una iglesia creando un círculo donde la comunidad universitaria nos dividíamos entre los bares, donde las buenas cervezas y las largas charlas nocturnas ayudaban a pasar el frío, y los pocos bares de 'bailar' (el 'Latino' el primero) que se agolpaban en apenas dos calles.
De ciudadanos tranquilos, calles casi desiertas a partir de las 7 de la tarde, casas que, al estilo puramente belga a modo de pequeñas ciudades 'Brujas', salen de un cuento de los hermanos Grimm, si algo tiene que muestra el carácter en parte organizado por la cercanía de Alemania es sin duda el afán con el que se plantean los festivales. En los pequeños detalles (jamás olvidaré lo que fue tomarse un vaso de sidra asturiana allí) reside su fuerza, y entre ellos este es especialmente extraordinario.Al rededor de la universidad Provinciale Hogeschool Limburg, escondido entre los árboles del parque de Kapermolen, junto a la N702, se abre paso un gran parque repleto de campas y bosque, donde un 'pequeño' lago artificial parece coronar el final del espacio para disfrutar de la naturaleza. Nada más lejos.
Justo al final, y a través de lo que parece un pequeño camino de tierra que se adentra en una pared de árboles se llega a la entrada de un espacio inédito en medio de la campiña belga: el espléndido jardín japones de Hasselt.
Con 25.000 metros cuadrados de superficie, el jardín es el más grande de este tipo de jardines en todo Europa. Tuvo la fortuna de llegar a este precioso rincón de Bélgica gracias a la alianza y hermanamiento de entre esta ciudad y la ciudad japonesa de Itami.Se abre paso, a través de los múltiples tipos de árboles y flores, a una zona donde el sonido del agua, las cascadas, el bambú y las dos casas del té, donde se puede probar el clásico té verde japonés, se recrean frente al paseante como si se saliera del mundo directamente a tres siglos atrás. El pequeño lago, al rededor del que se reúnen la cascada principal y la casa del té, hipnotiza hasta el punto de olvidarse de los árboles que lo encierran en la distancia, y los pasos se transforman del correr al pasear como el viento que atraviesa los 250 cerezos que forman parte del parque, dándole un suave olor a primavera continua.
Apto para todas las edades, nada mejor que acercarse a él con un buen rato en el que reposar cuerpo y alma y descansar paseando por sus innumerables rincones, perderse por las cascadas, recorrer los riachuelos o sentarse bien en un banco o apoyarse en alguna de las rocas junto al lago para ver caer el sol.
Está abierto de Abril a Octubre (excepto los lunes) y la entrada es de lo más barato: 3 euros para los adultos y completamente gratuito para los menores de 12 años.
Para más información: www.hasselt.be
Y un pequeño folleto de la ciudad (en castellano!): pinchar aquí




